La Argentina ya no toma mate

diciembre 8, 2007 at 10.08 pm Deja un comentario

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Artículo de Rodolfo Walsh publicado en la revista Panorama, en diciembre 1966. Durante su paso por Misiones, el periodista describió, hace 41 años, una situación similar por la que pasa el sector productivo de la yerba mate en la región.

Misiones (Panorama). Se jugaba mucho al ajedrez –escribió Horacio Quiroga en 1927- y se bromeaba pasablemente. Pero el tema constante, la preocupación y la pasión del país era el cultivo de la yerba mate, al que en mayor o menor escala se hallaban todos ligados.

Cuarenta años después, desde Oberá a San Pedro, o desde Puerto Iguazú a Posadas, era difícil encontrar a alguien que bromeara, pasablemente o no.

-Misiones ha perdido su alegría –explicó sencillamente Osvaldo Rey, el maestro de Mbo-Picuá.

Al borde de caminos y picadas el polvo rojo se acumulaba sobre las hojas verdes de los yerbales que, por primera vez en medio siglo, no veían llegar la muchedumbre de los tareferos. El Paraná transcurría sin barcos y los edificios sombríos de los secaderos estaban desiertos. Sobre los viejos emplazamientos de los jesuitas y los largos pueblos que creó el auge de la inmigración, descendía una calma engañosa.


Misiones en la encrucijada: el consumo disminuye; la importación crece


“La pasión y la preocupación del país” se había transformado, en 1966, en una amarga conjetura. El imperio de la yerba de cultivo que en cinco décadas se expandió en proporción de 140 a 1, se resquebrajaba por innumerables fisuras.

Para algunos era el fin: un alemán-brasilero de Eldorado macheteaba furiosamente a ras del suelo su yerbal intacto. Para otros, una sorpresa más de este país incomprensible: al japonés Yamato se le caían los brazos, en su chacra de Garuhapé, frente a las plantas que eran suyas y no eran suyas, puesto que el gobierno prohibía cosecharlas. En los juzgados de Posadas se amontonaban los recursos de amparo contra el decreto que en marzo de este año interdijo la zafra.

-Yo me sublevé el 27 de junio, un día antes que los militares- explicó risueñamente el suizo Roth, que en Santo Pipó estaba cosechando contra viento y marea.

Las gremiales de productores echaban la culpa a los gobiernos; dirigentes políticos, a las gremiales; comerciantes, a todo el mundo; tareferos sin trabajo, no sabían a quién echarla.

-Acá no hay reclamos –resumió un oscuro paraguayo contemplando su machete inútil-. Si protesta, le dicen comunista y le sacan a patadas.

Las disquisiciones históricas sobre la yerba no prosperan en Misiones; allí la historia se llama Pilsudski o Benes; apila cadáveres fantasmales en el Marne o en Fort Douaumont; viste de ajadas plumas a la kronprinzess o retrocede llorosa a las calles ensangrentadas de Petesburgo.

Muy pocos entre estos hombres preocupados, perplejos, agobiados, se reconocían protagonistas en una guerra silenciosa iniciada hace tres siglos y medio.

 

La cosecha clandestina burla al decreto de prohibición de la zafra misionera


Los herederos del mensú

Ahí están, hormigueando entre las plantas verdes, con sus caras oscuras, sus ropas remendadas, sus manos ennegrecidas: la muchedumbre de los tareferos. Hombres, mujeres, chicos, el trabajo no hace distingos.

En un yerbal alto como éste, el jefe de la familia trepa al árbol y con la tijera poda las ramas que su compañero y su prole cortan y quiebran en un movimiento incesante, separando la hoja del palo y amontonándola en las ponchadas –dos bolsas abiertas y unidas- que cuando estén llenas se convertirán en “raídos”.


No hay cabezas rubias ni apellidos exóticos entre ellos. El tarefero es siempre criollo, misionero, paraguayo, peón golondrina sin tierra.

Se acercan, nos rodean mansamente, y no tenemos que preguntarles siquiera para que caiga sobre nosotros el aluvión de su protesta:


-Estamos todos abajo –dicen.

-Nuestro jornal no sube.

-El familiar no te pagan.

-Estamos atenidos.

-Apenas se gana para el pan.

-Si uno come medio kilo de carne a la semana, ya es lindo.

-Estamos a mate cocido.

-No tenemos ropa.

-J….s, eso es lo que estamos.


Se quitan la palabra de la boca en su apuro por transmitir esa angustia a alguna parte, a algún mundo desconocido, antes que llegue el patrón, el capataz, el camión que ya viene por la picada cargando los raídos.

Pero todavía hay tiempo para que las caras cobren nombre. Es Oscar Vallejo, descalzo y trepado a un árbol, el que dice:


-Somos tres y no sacamos dos mil kilos por semana.

Diez mil pesos mensuales. Para tres.

Es María Antonia Torales, de 12 años, que debería estar en la escuela, pero no está, y gana 125 pesos diarios.

Es la gorda Ciriaca González:

-Esto no es ganancia. La quebranza es muy fina.

Porque ahora hay que cosechar con el cinco por ciento de palo, en vez del quince..

Es Máxima Vera, una muchacha envejecida de hermosos ojos agatados, que nos muestra las manos casi negras:

-Curte que da gusto, no hay jabón que saque.

Es Fernando Cáceres:

-No somos nada, no tenemos defensa. Aquí no hay sindicato ni leyes ni feriados.

Es Mario Vallejo:

-No sabemos adónde reclamar, si a la policía, a la gendarmería, a quién.

Es Valentín Nuñez que concluye:

-Si protestás, te echan a patadas.

Y ya llega el camión por la picada, el capataz, los cargadores reclamando:

-¡Raído! ¡Arriba, muchachos!

Cuatro pares de brazos levantan al sol, como una ofrenda, la ponchada de yerba, la gran riqueza de Misiones construida sobre un mar de sufrimiento.


Urúes y guainos

En la playa del secadero, los camiones vuelcan su carga verde que los horquilleros embocan en la cinta transportadora. De ahí la hoja sigue a los grandes tubos de la sapecadora, calentados a temperatura constante, de donde sale a los pocos segundos, ya con su perfume característico, tras perder el cuarenta por ciento de agua.

Pero la secanza a fondo, se hace en el barbacuá.

Parados sobre la gran estructura con forma de bote invertido, el urú Marcelino Brites, y su ayudante el guaino Sanabria, parecen demonios semidesnudos, sudorosos y raquíticos, mientras con la horquilla cambian de capa los cinco mil kilos de hoja verde que se acumulan sobre el enrejado de palos de monte.

Un horno subterráneo insufla en el oscuro galpón una corriente continua de aire quemante.

-¿Cuánto dura el turno?

-Veinte horas- dice el urú sin cesar de mover la hoja con un ritmo y un orden que solo él conoce-. Hasta que termine la secanza.


La tortura del barbacuá

La temperatura es tan alta que parece imposible aguantar más de unos minutos. Pero, ¿qué quiere decir alta? Lo sabremos en el “catre” –una especie de barbacuá perfeccionado y plano- de la Industrial Paraguaya. Allí el termómetro colocado junto a las bocas de fuego marca inequívocamente: noventa grados centígrados, que significan setenta grados arriba, donde trabajan los secaderos.

-Es poco –se lamenta Mr. Bramford, y no sabemos si bromea cuando añade: -Lo ideal es ciento veinte grados abajo y cien arriba.

Arriba, la escena parece arrancada de un sueño. Sobre una altiplanicie de hojas que se pierde en largas penumbras, flotan los vahos blanquecinos de la yerba secada, su perfume bruscamente intolerable. Como sombras de otro mundo armadas de horquillas, se mueven media docena de hombres.

Este, que sin duda es el trabajo más insalubre del mundo, es también la cumbre del oficio del peón yerbatero, la suprema ciencia y la suprema recompensa: el urú gana la extraordinaria suma de 67 pesos la hora.

El sesenta por ciento de la yerba de Misiones se seca de este modo. El resto, en instalaciones mecánicas de secanza rápida. Pero todo el mundo sabe que la yerba de catre o de barbacuá tiene otro sabor…


Desocupación y éxodo

Estos hombres son afortunados: tienen trabajo. En “El Porvenir” de los Barthe, cerca de Posadas, quedaban treinta peones, de los cien que trabajaban normalmente en esa época. En la “María Antonia”, sobre cien peones estables, trabajan cuarenta. En Puerto Menocchio, cuarenta sobre ochenta. En “Gisela”, veintidós sobre ciento veinte.

-Tengo que inventarles trabajo –nos dice el administrador Lutjohan-. Más no puedo mantener.

En San Ignacio, hablamos con el comandante Sergio Fortunato, jefe del escuadrón 11 de Gendarmería Nacional.

-Aquí hay hambre –dice con un rescoldo de indignación en la voz-. Aquí hay miseria, hay desocupación, hay éxodo. Aquí estamos dando diariamente de ocho a diez frazadas, porque la gente pasa frío. Aquí hay familias donde entre seis comen diez mandiocas en todo el día.

En marzo el gobierno radical pretendió demostrar que la prohibición de la zafra no acarreaba desocupación. En Santo Pipó, donde se denunciaban trescientos desocupados, la encuesta gubernamental solo pudo descubrir a dos.

-¡Pero yo le voy a hacer hablar los ranchos mudos! –exclama, justamente en Santo Pipó, este hombre sólido y enérgico, impecable en su traje blanco de médico, enormemente versado en el problema yerbatero, que presidió hasta junio la cámara de diputados de la provincia.

Y el doctor Comolli nos lleva a recorrer las casas vacías de El 26, el “conventillo” desierto de “La invernada”, la escuela 140, donde acaban de suprimirse dos grados porque cincuenta alumnos se han ido, los restos de los ranchos derrumbados por los peones paraguayos que vuelven a su país.

¿Qué otra cosa puede hacer esa gente? Voltea el rancho, amontona las tablas en su canoa y se va, con su atadito de ropas, su mujer, sus hijos nacidos en la Argentina, que la Argentina expulsa.

Pero la predicción es segura: el año próximo, cuando se vuelva a cosechar la yerba, faltarán brazos en Misiones.


Un fantasma: el éxodo

¿Hay solución?

Enunciar en pocas líneas una solución para los problemas misioneros, sería insensato. A los males estructurales de la provincia, la falta de caminos, el consumo de energía eléctrica más bajo del país, las cíclicas crisis yerbateras, se suman otras desgracias parciales y acaso inevitables, como la catastrófica caída en el precio internacional del tung.

Pero en torno de la yerba, todos creen que se puede y se debe hacer algo. Y nadie duda de que, en la base misma de lo que se puede y se debe hacer, está la prohibición, absoluta y para siempre de importar yerba por cualquier vía que sea.

No bastará con eso. La capacidad productiva duplicará durante muchos años el consumo del país. Las zafras deberán ser reguladas, el tambaleante Mercado reconstruído. Habrá que extirpar los yerbales improductivos porque su bajo rendimiento influye en la determinación del costo y, por lo tanto, en el precio. Algunos rinden menos de 500 kilos secos por hectáreas, cuando el suizo Alberto Roth obtiene diez veces más inclusive en yerbales viejos, mediante un cultivo ejemplar.

Abrir mercados

Aun, así, será insuficiente. En medio siglo la industria yerbatera no ha invertido un centavo en propaganda eficaz, en investigación. La Comisión de Propaganda de la CRYM es inoperante, con un presupuesto inferior a los cuarenta millones anuales. Para competir con otras infusiones y bebidas, el mate necesitaría un presupuesto publicitario diez veces superior, nada exagerado si se piensa que el mercado de consumo asciende a diez mil millones.

El consumo per capita disminuye año a año; de diez kilos en 1930, a menos de seis en la actualidad. Para muchos, el mate con bombilla está condenado, salvo en las zonas rurales. Hay que buscar nuevas formas de presentar el producto. Es preciso abrir mercados a la exportación.

Nada de esto podrá hacerlo Misiones con sus propias fuerzas. El colono misionero ha demostrado que es buen negocio financiarlo. Esto se ha hecho hasta la explotación. Por una vez, podría hacerse de otro modo.

Si cada uno de esos objetivos se cumple, es posible que el cultivo yerbatero sobreviva. De lo contrario, se habrá perdido definitivamente la guerra iniciada hace tres siglos por los “mamelucos” paulistas contra los viejos pueblos de las Misiones.

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